Los buenos momentos: cuando subimos a la parte más alta de Nob Hill, una noche, con el
resto de una botella de Royal Chalice Tokay, dulce, sabroso, poderoso; las luces de la ciudad y de la bahía debajo nuestro,el triste misterio; allí sentados en un banco, amantes, detrás pasan personas solitarias; nos pasamos la botella, charlamos, ella me cuenta toda su pequeña
adolescencia en Oakland. Es como Paris, es suave, sopla una brisa, la ciudad se muere de calor, pero en las colinas siempre sopla el viento, y del otro lado de la bahía de Oakland (ay de mi, Hart Crane, Melville, y todos vosotros poetas fraternos de la noche americana que alguna vez creí que sería mi altar de sacrificios y que ahora lo es pero a nadie le importa, ni nadie lo sabe, y por eso perdí mi amor, borracho, fastidioso, poeta); regresando por Van Ness hasta la playa del Parque Acuático, para sentarnos en la arena; al pasar junto a los mexicanos siento esa gran vivencia que he sentido todo el verano en las calles con Mardou, mi viejo sueño de querer ser vital, de vivir como un negro o un indio o un japonés de Denver o un portorriqueño de Nueva York se ha realizado, con ella a mi lado, tan joven, tan sensual, frágil, extraña, tan hipster, y yo con los blue jeans y un aire natural, y los dos como si fuéramos tan jóvenes, (digo “como si” por mis treinta y uno); la policía que nos dice que debemos retirarnos de la playa, un negro solitario que pasa dos veces a nuestro lado y nos mira; paseamos a lo largo del malecón, ella ríe al ver las locas figuras de la luz reflejadas en la luna, que bailan como cucarachas sobre las aguas frescas, tersas y ululantes de la noche; olemos puertos, bailamos…
Jack Kerouac [los subterráneos]
